El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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La señora de Villefort volvió un instante en sí; sus ojos lanzaron llamas, después, se apagaron; buscó, titubeante, la puerta y desapareció.

Un instante después, se oyó el ruido lejano de un cuerpo que cae al suelo.

Pero nadie prestó atención. La cuidadora estaba ocupada observando el análisis químico, Villefort seguía anonadado.

Sólo d’Avrigny siguió con la mirada a la señora de Villefort y observó su precipitada salida.

Levantó la tapicería de la puerta de Valentine, y su mirada, a través de la habitación de Édouard, pudo llegar hasta los aposentos de la señora de Villefort, a la que vio tendida en el suelo, sin movimiento alguno.

—Vaya a socorrer a la señora de Villefort —dijo a la enfermera—, la señora se encuentra mal.

—¿Pero, la señorita Valentine? —balbuceó.

—La señorita Valentine ya no la necesita —dijo d’Avrigny—, puesto que la señorita Valentine está muerta.

—¡Muerta! ¡Muerta! —suspiró Villefort en el paroxismo de un dolor tanto más desgarrador porque era nuevo, desconocido, inaudito para ese corazón de bronce.

—¡Muerta! ¿Qué dicen? —exclamó una tercera voz—. ¿Quién dice que Valentine está muerta?


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