El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Los dos hombres se dieron la vuelta, y en la puerta vieron a Morrel, de pie, pálido, trastornado, terrible.
Esto es lo que había ocurrido:
Morrel se había presentado a su hora habitual, entrando por una puerta pequeña que conducía a los aposentos de Noirtier.
En contra de la costumbre, encontró la puerta abierta, no necesitó llamar y entró.
En el vestíbulo, esperó un instante, llamando a algún criado que le acompañara hasta la habitación del viejo Noirtier.
Pero nadie respondió; la servidumbre, ya lo dijimos, había huido de la casa.
Morrel no tenía ningún motivo especial para inquietarse ese día; tenía la promesa de Montecristo de que Valentine viviría y, hasta ese momento, la promesa se había mantenido. Cada noche, el conde le daba buenas noticias, que al día siguiente le confirmaba el mismo Noirtier.
Sin embargo, la casa desierta le pareció singular; llamó por segunda vez, por tercera vez: el mismo silencio.
Entonces se decidió a subir.
La puerta de Noirtier estaba abierta como las otras.