El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Lo primero que vio fue al anciano en su sillón, en el sitio de costumbre; sus dilatados ojos parecían expresar un espanto interior, confirmado por la extraña palidez de todos sus rasgos.
—¿Cómo está, señor? —preguntó el joven, no sin cierta congoja en el corazón.
—Bien —indicó el anciano cerrando y abriendo los ojos—, ¡bien!
Pero toda su fisonomía parecía crecer en inquietud.
—Está usted preocupado —continuó Morrel—, necesita algo. ¿Quiere que llame a alguien del servicio?
—Sí —indicó Noirtier.
Morrel asió el cordón de la campana; pero, aunque tiró con fuerza, nadie vino.
Se volvió hacia Noirtier; la palidez y la angustia aumentaban en el rostro del anciano.
—¡Dios mío! ¡Dios mío! —dijo Morrel—. ¿Pero, por qué no viene nadie? ¿Es que hay algún enfermo en la casa?
Los ojos de Noirtier estaban a punto de salirse de las órbitas.
—Pero, ¿qué le pasa? —continuó Morrel—. Me da usted miedo, ¡Valentine! ¡Valentine!
—¡Sí!, ¡sí! —indicó Noirtier.