El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Maximilien
Villefort se puso en pie casi avergonzado de que le sorprendieran en ese acceso de dolor.
La terrible función que ejercía desde hacía veinticinco años había llegado a transformarle en un hombre poco humano.
Su mirada, perdida por un instante, recayó en Morrel.
—¿Quién es usted, señor —dijo—, usted que olvida que no se entra así en una casa habitada por la muerte?
»¡Salga de aquí, señor, salga!
Pero Morrel permanecía inmóvil, no podía apartar los ojos del espantoso espectáculo de esa cama en desorden y la pálida figura reposando en ella.
—¡Salga, me oye! —gritó Villefort, mientras que d’Avrigny se dirigía hacia Morrel para hacerle salir.