El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡Amigo mío, padre mío! —exclamó Morrel exaltado—. ¡Cuidado!, le digo por tercera vez, ¡cuidado!, pues la influencia que ejerce sobre mí me espanta; cuide bien del sentido de sus palabras, pues ya ve que mis ojos vuelven a la vida, que mi corazón se enciende de nuevo y renace; cuidado, pues va a hacerme creer en lo sobrenatural.

»Obedecería si me ordenase levantar la piedra del sepulcro que cubre el cuerpo de la hija de Jairo, caminaría sobre las aguas, como el apóstol, si me indicase con la mano que caminase sobre las aguas; cuidado, pues obedecería.

—Confía, amigo mío —repitió el conde.

—¡Ah! —dijo Morrel, volviendo a caer desde la altura de la exaltación al abismo de la tristeza—, ¡ah! Usted juega conmigo; usted hace como esas buenas madres, o más bien como esas madres egoístas, que calman con palabras melosas el dolor del hijo, porque sus gritos las fatigan.

»No, amigo mío, me equivoco al decir que tenga cuidado; no, no tema nada, enterraré mi dolor con tanto cuidado en lo más profundo de mi pecho, y haré que ese dolor se vuelva tan oscuro, tan secreto, que ni siquiera tendrá que preocuparse de compadecerme.

»¡Adiós, amigo mío! ¡Adiós!


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