El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Al contrario —dijo el conde—; a partir de este momento, Maximilien, vivirás cerca de mà y conmigo, no me dejarás ni un momento, y dentro de ocho dÃas habremos dejado detrás de nosotros Francia.
—¿Y sigue diciéndome que espere?
—Te digo que esperes, porque tengo el modo de curarte.
—Conde, usted me entristece aún más, si es posible. Usted no ve, en este dolor, más que un dolor banal, y cree que podrá consolarme con un medio banal, el viaje.
Y Morrel movió la cabeza con una desdeñosa incredulidad.
—¿Qué quieres que te diga? —repuso Montecristo—. Tengo fe en mis promesas, déjame hacer la experiencia.
—Conde, asà prolonga mi agonÃa, eso es todo.
—Asà —dijo el conde—, ¡débil corazón, no tienes la fuerza de dar a tu amigo algunos dÃas de prueba para intentarlo!
»Veamos, ¿sabes tú de lo que es capaz el conde de Montecristo?
»¿Sabes que tiene el poder sobre muchas fuerzas terrenales?
»¿Sabes que tiene la suficiente fe en Dios como para obtener lo que desea de quien dijo que la fe del hombre puede mover montañas?