El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo »Pues bien, ese milagro en el que confÃo, espéralo, o bien…
—O bien… —repitió Morrel.
—O bien, cuidado, Morrel, te llamaré ingrato.
—Tenga compasión de mÃ, conde.
—Tengo tanta compasión de ti, Maximilien, escúchame, tanta compasión, que si no te curo en un mes, dÃa a dÃa, hora a hora, retén bien mis palabras, Morrel, yo mismo te colocaré frente a esas pistolas completamente cargadas, y frente a una copa del más seguro veneno de Italia, de un veneno más seguro y más rápido, créeme, que el que ha matado a Valentine.
—¿Me lo promete?
—SÃ, pues soy humano, pues, yo también, como te he dicho, yo también quise morir, e incluso a menudo, desde que la desgracia se alejó de mÃ, a menudo sueño con las delicias del sueño eterno.
—¡Oh! ¿Seguro, conde, seguro que me lo promete? —exclamó Maximilien exaltado.
—No te lo prometo, te lo juro —dijo Montecristo extendiendo la mano.
—¿Si dentro de un mes, por su honor, no me he consolado, me dejará que disponga de mi vida y, haga lo que haga, no me llamará ingrato?