El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Dentro de un mes, contado dÃa a dÃa, Maximilien; dentro de un mes, hora por hora, y la fecha es sagrada, Maximilien; no sé si has caÃdo en ello, pero hoy estamos a 5 de septiembre.
»Hoy hace diez años salvé a tu padre, que deseaba morir.
Morrel cogió las manos del conde y las besó; el conde le dejó hacer, como si comprendiera que esa adoración le era debida.
—Dentro de un mes —continuó Montecristo—, tendrás, sobre la mesa a la que estamos sentados uno frente a otro, tendrás buenas armas y una dulce muerte; pero, en compensación, ¿me prometes esperar hasta entonces, y vivir?
—¡Oh! —exclamo Morrel—. ¡Yo también se lo juro!
Montecristo atrajo al joven junto a su corazón para abrazarle, y lo retuvo allà un buen rato.
—Y ahora —le dijo—, a partir de hoy, vas a venir a vivir conmigo a mi casa; te instalarás en el apartamento de Haydée, y asÃ, al menos, mi hija se verá reemplazada por un hijo.
—¡Haydée! —dijo Morrel—. ¿Qué ha sido de Haydée?
—Se ha marchado esta noche.
—¿Para abandonarle?