El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Reparto de bienes
En ese hotelito de la calle de Saint-Germain-des-Prés que Albert de Morcerf había escogido para él y para su madre, el primer piso, compuesto por un pequeño apartamento completo, estaba alquilado a un personaje muy misterioso.
Este personaje era un hombre cuyo rostro no había sido nunca visto por nadie, ni al salir ni al entrar, pues en invierno se embutía el mentón en una de esas corbatas rojas como las que usan los cocheros de buena casa que esperan a sus amos a la salida de los espectáculos, y en verano se sonaba la nariz con un pañuelo precisamente en el momento en el que pasaba delante de la garita de la portería. Hay que decir que, contrariamente a las costumbres al uso, este habitante del hotel no era espiado por nadie, y que el rumor que corría sobre su incógnito ocultaba a un individuo bien situado, y con el dedo muy largo, como para que se respetasen sus misteriosas apariciones.
Sus visitas eran ordinariamente a horas fijas, aunque a veces se adelantasen o se atrasasen, pero casi siempre, en invierno y en verano, solían ser hacia las cuatro de la tarde cuando llegaba al apartamento, en el que nunca pasaba la noche.