El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo El señor de Villefort no había visto al anciano desde la mañana de la muerte. Toda la servidumbre se había renovado: habían contratado a otro ayuda de cámara para él, otro sirviente para Noirtier, dos mujeres habían entrado al servicio de la señora de Villefort: todos, desde el portero al cochero, ofrecían nuevos rostros que se parapetaban, por así decir, ante los diferentes señores de esa casa maldita, e interceptaban las relaciones, de por sí ya bastante frías, que existían entre ellos. Además, la audiencia de lo criminal se abría dentro de tres días, y Villefort, encerrado en su gabinete, perseguía con febril actividad el proceso abierto contra el asesino de Caderousse. Este asunto, como todos en los que el conde de Montecristo se veía involucrado, había causado un gran revuelo en el mundo parisino. Las pruebas no eran convincentes, puesto que se basaban en unas palabras escritas por un presidiario moribundo, antiguo compañero de presidio del acusado, y que podía acusar a su compañero por odio o por venganza; sólo la conciencia del magistrado se había ya forjado una idea: el fiscal había terminado por darse a sí mismo esa terrible convicción de que Benedetto era culpable, y debía sacar de esa difícil victoria una de esas satisfacciones de amor propio que eran las únicas en despertar un poco en él las fibras de su helado corazón.