El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Más de un vez, ya, había ido hasta el fondo del jardín, es decir, hasta esa famosa verja que daba al cercado abandonado, volviendo siempre por el mismo sendero, tomando siempre el paseo con el mismo paso y con el mismo gesto, cuando sus ojos le llevaron maquinalmente hacia la casa, en la que oía jugar ruidosamente a su hijo, que había vuelto del internado para pasar el domingo y el lunes junto a su madre.
En ese momento vio, a través de una de las ventanas abiertas, al señor Noirtier, que se había dejado conducir hasta esa ventana para disfrutar de los últimos rayos de sol, aún cálido, que venía a saludar a las mortecinas flores de las enredaderas y a las hojas rojizas de las viñas locas que tapizaban el balcón.
Los ojos del anciano estaban pegados, por así decir, en un punto que Villefort sólo veía imperfectamente. Esa mirada de Noirtier estaba tan llena de odio y era tan salvaje, tan ardiente en su impaciencia, que el fiscal, hábil en captar todas las impresiones de ese rostro que tan bien conocía, se apartó de la línea que recorría para ver sobre qué persona caía esa dura mirada.