El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Entonces vio, bajo una masa de tilos de ramas ya casi desnudas, a la señora de Villefort que, sentada, con un libro en la mano, interrumpía de vez en cuando la lectura para sonreír a su hijo o para devolverle la pelota elástica que obstinadamente lanzaba del salón al jardín.
Villefort palideció, pues comprendía lo que quería el anciano.
Noirtier seguía mirando el mismo objeto; pero, de repente, su mirada fue de la mujer al marido, y fue el mismo Villefort quien sufrió el ataque de esos ojos fulminantes que, cambiando de objeto, habían también cambiado de lenguaje, sin por ello perder su amenazante expresión.