El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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La señora de Villefort, ajena a todas esas pasiones cuyo fuego cruzado pasaba por encima de su cabeza, retenía en ese momento la pelota de su hijo, haciéndole señas para que viniera a buscarla con un beso; pero Édouard se hizo rogar durante algún tiempo; la caricia materna no le parecía probablemente recompensa suficiente como para molestarse en ir a buscarla. Finalmente se decidió, saltó por la ventana cayendo en medio de una masa de heliotropos y de asteres de la China y corrió hacia la señora de Villefort con la frente cubierta de sudor. La señora de Villefort le secó la frente, posó sus labios sobre esa húmeda frente de marfil y despidió al niño con su pelota en una mano y un puñado de caramelos en la otra.

Villefort, llevado por una invisible atracción, como el pájaro se siente atraído por la serpiente, se acercó a la casa; a medida que se iba acercando, la mirada de Noirtier bajaba siguiéndole, y el fuego de sus pupilas parecía tomar un grado tal de incandescencia, que Villefort se sentía devorado por ese fuego hasta el fondo de su corazón. En efecto, se leía en esa mirada un sangriento reproche al mismo tiempo que una terrible amenaza. Entonces, los párpados y los ojos de Noirtier se elevaron al cielo, como si recordase a su hijo un juramento olvidado.


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