El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡Está bien! Señor —replicó Villefort desde el jardín—, ¡está bien! Tenga paciencia, un día más; lo que dije queda dicho.

Noirtier pareció más tranquilo tras esas palabras, y sus ojos se volvieron con indiferencia hacia otro lado.

Villefort se desabotonó violentamente la levita que le ahogaba, pasó una mano lívida por la frente y volvió a su gabinete.

La noche transcurrió fría y tranquila; todo el mundo se acostó y durmió según la costumbre de la casa. Sólo, como de costumbre también, Villefort no se acostó al mismo tiempo que los demás, y trabajó hasta las cinco de la mañana, revisando los últimos interrogatorios que habían llevado a cabo la víspera los magistrados instructores, compulsando las deposiciones de los testigos y poniendo en limpio su acta de acusación, una de las más enérgicas y más hábilmente concebidas de las que nunca hubiera escrito.





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