El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Inútil, señor, ya está bastante castigado; además, ahora, ronda ya casi la locura, y según la experiencia que nos da la observación, antes de un año estará completamente alienado.

—A fe mía que mejor para él —dijo el inspector—; una vez que esté completamente loco, sufrirá menos.

Como vemos, era un hombre lleno de humanidad, este inspector, y muy digno de las funciones filantrópicas que llevaba a cabo.

—Tiene usted razón, señor —dijo el gobernador—, y su reflexión prueba que es usted un estudioso profundo de la materia. Además, tenemos en un calabozo, que no está separado de este más que por unos veinte pasos y al que se baja por otra escalera, a un viejo abate, antiguo jefe de partido en Italia, que está aquí desde 1811, que perdió la cabeza a finales de 1813, y que, desde ese momento, no es físicamente reconocible: antes lloraba, ahora ríe; adelgazaba, ahora engorda. ¿Quiere usted ver a ese en lugar de a este? Su locura es divertida y no le entristecerá.

—Veré a ambos —respondió el inspector—; hay que cumplir con el deber a conciencia.

Era la primera visita que hacía el inspector y quería causar buena impresión a la autoridad.

—Entremos, entonces, primero a ver a este —añadió.


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