El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Con mucho gusto —respondió el gobernador.

E hizo un gesto al carcelero que abrió la puerta.

Al chirrido de las macizas cerraduras, al crujido de los goznes oxidados girando sobre los pivotes, Dantès, en cuclillas en un rincón del calabozo desde donde recibía con un placer indecible el minúsculo rayo de luz que se filtraba a través de un estrecho tragaluz enrejado, levantó la cabeza. Al ver a un hombre desconocido alumbrado por dos carceleros que sujetaban sendas antorchas, y a quien el gobernador hablaba con el sombrero en la mano, acompañado por dos soldados, Dantès adivinó de lo que se trataba, y viendo que al fin se le presentaba la ocasión de implorar a una autoridad superior, dio un salto hacia adelante con las manos juntas.

Los soldados cruzaron enseguida las bayonetas, pues creyeron que el prisionero se lanzaba sobre el inspector con malas intenciones.

El mismo inspector dio un paso atrás.

Dantès se dio cuenta de que se lo habían presentado como un hombre al que había que temer.

Entonces, hizo acopio en su mirada de todo lo que el corazón humano puede contener de mansedumbre y de humildad, y expresándose con una especie de elocuencia piadosa que asombró a los asistentes, intentó conmover el alma de su visitante.

El inspector escuchó el discurso de Dantès hasta el final; después, volviéndose hacia el gobernador:


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