El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Caerá en la devoción —dijo a media voz—; ya está predispuesto a sentimientos más dulces. Mire, el miedo le causa efecto; se ha echado hacia atrás ante las bayonetas; ahora bien, un loco no se echa hacia atrás ante nada; sobre este tema tengo hechos experimentos muy curiosos en Charenton.

Después, dirigiéndose al preso:

—En resumen —dijo—, ¿qué pide usted?

—Pido saber qué crimen he cometido; pido presentarme ante los jueces; pido que se me instruya un proceso; pido, en fin, que se me fusile, si soy culpable, pero también que se me ponga en libertad, si soy inocente.

—¿Está usted bien alimentado? —preguntó el inspector.

—Sí, eso creo, no sé; pero eso importa poco, lo que debe importar, no solamente a mí, desgraciado preso, sino también a todos los funcionarios que imparten justicia, y también al rey que nos gobierna, es que un inocente no sea víctima de una denuncia infame y que no muera tras los cerrojos maldiciendo a sus verdugos.

—Está usted muy humilde hoy —dijo el gobernador—, no siempre ha estado así. Hablaba usted de muy distinta manera, mi querido amigo, el día en el que quiso cargar contra su guardián.


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