El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Oh! —dijo el inspector deteniéndose en mitad de la escalera—. ¿Quién diablos puede vivir aqu�
—Uno de los conspiradores más peligrosos y que nos fue particularmente recomendado como hombre capaz de todo.
—¿Está solo?
—Ciertamente.
—¿Desde cuándo lleva aqu�
—Desde hace un año, poco más o menos.
—¿Y le pusieron en este calabozo desde que entró?
—No, señor, sino después de que intentó matar al carcelero que le llevaba la comida.
—¿Quiso matar al carcelero?
—SÃ, señor, ese mismo que nos alumbra, ¿no es cierto, Antoine? —preguntó el gobernador.
—Pues sà que quiso matarme —respondió el carcelero.
—¡Ah, vaya! ¡Pues sà que es un loco, ese hombre!
—Es peor que eso —dijo el carcelero—, es un demonio.
—¿Quiere usted que presentemos una queja? —preguntó el inspector al gobernador.