El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo El acta de acusación
Los jueces abrieron la sesión en medio del más profundo silencio; los jurados se sentaron en sus asientos; el señor de Villefort, objeto de la atención general y, diríamos casi, de la admiración general, se situó con el tocado de fiscal en su sillón, paseando una mirada tranquila a su alrededor.
Todo el mundo observaba con asombro esa figura grave y severa, sobre cuya impasibilidad el dolor paterno no parecía que hubiera dejado huella, y miraban con una especie de terror a este hombre ajeno a las emociones humanas.
—¡Guardias! —dijo el presidente—. Traigan al acusado.
Al oír esas palabras, la atención del público se hizo más activa, y todos los ojos quedaron fijos en la puerta por la que Benedetto debía entrar.
Pronto, dicha puerta se abrió y el acusado entró.
La impresión que causó fue la misma entre todos los asistentes, y nadie se llamó a engaño sobre la expresión de toda su fisonomía.