El Conde de Montecristo

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Sus rasgos no llevaban la huella de esa emoción profunda que comprime la sangre en el corazón y decolora la frente y las mejillas. Las manos, graciosamente colocadas, una en el sombrero, y la otra en la abertura de su chaleco de piqué blanco, no estaban agitadas por ningún temblor: sus ojos estaban tranquilos e incluso brillantes. Apenas llegado a la sala, la mirada del joven se puso a recorrer todas las filas de jueces y de asistentes, y se detuvo más largamente en el presidente y, sobre todo, en el fiscal del reino.

Junto a Andrea se situó su abogado, abogado nombrado de oficio pues Andrea no había querido ocuparse de esos detalles a los que parecía no conceder ninguna importancia; el abogado era un joven de cabellos de un rubio insípido, con la cara enrojecida por una emoción cien veces más sensible que la del acusado.

El presidente solicitó la lectura del acta de acusación, redactada, como se sabe, por la muy hábil y muy implacable pluma de Villefort.

Durante la lectura, que fue larga, y que para cualquier otro hubiese sido demoledora, la atención pública no dejó de fijarse en Andrea, que sostuvo el peso de la misma con la satisfacción de un alma espartana.


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