El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Diecisiete meses! —repuso Dantès—. ¡Ah! Señor, usted no sabe lo que son diecisiete meses en prisión, son diecisiete años, diecisiete siglos; sobre todo para un hombre como yo, que tocaba ya con los dedos la felicidad, para un hombre como yo que iba a desposar a la mujer amada, para un hombre que veÃa abrirse ante él una carrera honorable, y a quien de repente le arrebatan todo en un momento; un hombre que en medio del dÃa más hermoso cae en la noche más profunda, que ve su carrera destruida, que no sabe si la mujer que le amaba le sigue amando, que ignora si su anciano padre está vivo o muerto. Diecisiete meses de prisión para un hombre habituado al aire libre del mar, a la independencia del marino; ¡al espacio, a la inmensidad, al infinito! Señor, diecisiete meses de prisión es más de lo que merecen todos los crÃmenes que el lenguaje humano designa con los más odiosos nombres. Tened, pues, piedad de mÃ, señor, y pedid para mÃ, no la indulgencia, sino el rigor; no la gracia, sino el juicio; jueces, señor, yo sólo pido jueces; no se puede negar jueces a un acusado.
—Está bien —dijo el inspector—, ya veremos.
Después, volviéndose hacia el gobernador:
—De verdad —dijo— que el pobre diablo me da pena. Cuando subamos, me mostrará usted su libro de asiento de encarcelamiento.
—Ciertamente —dijo el gobernador—; pero creo que encontrará usted contra él notas terribles.