El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Señor —continuó Dantès—, sé que usted no puede dejarme salir por su propia iniciativa; pero puede transmitir mi petición a la autoridad, usted puede iniciar una investigación, usted puede, en fin, llevarme a juicio: un juicio, es todo lo que pido; que yo sepa el crimen que he cometido y a qué pena estoy condenado; pues, mire usted, la incertidumbre es el peor de todos los suplicios.

—Alúmbreme —dijo el inspector.

—Señor —exclamó Dantès—, entiendo por el sonido de su voz que está usted conmovido. Señor, dígame que tenga esperanza.

—No puedo decirle eso —respondió el inspector—, yo puedo solamente prometerle que examinaré su expediente.

—¡Oh! Entonces, señor, soy libre, estoy a salvo.

—¿Quién le mandó arrestar? —preguntó el inspector.

—El señor de Villefort —respondió Dantès—. Véale y entiéndase con él.

—Desde hace un año que el señor de Villefort ya no está en Marsella, sino en Toulouse.

—¡Ah! Así no me extraña —murmuró Dantès—; mi único protector está lejos.

—¿El señor de Villefort tenía algún motivo para odiarle a usted? —preguntó el inspector.


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