El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Ninguno, señor; e incluso fue benevolente conmigo.
—¿Podré entonces confiar en las notas que haya dejado sobre usted o en las que me entregue?
—Enteramente, señor.
—Está bien, entonces aguarde.
Dantès cayó de rodillas, levantando las manos al cielo y murmurando una plegaria en la que recomendaba a Dios a este hombre que habÃa bajado a su calabozo, como un salvador que bajara a liberar a las almas del Infierno.
La puerta se cerró de nuevo; pero la esperanza que habÃa bajado con el inspector se quedó encerrada en el calabozo de Dantès.
—¿Quiere usted ver de inmediato el libro de registro —preguntó el gobernador—, o pasar al calabozo del abate?
—Acabemos con los calabozos ahora —respondió el inspector—. Si subiera a la luz, quizá no tendrÃa el valor de continuar con mi triste misión.
—¡Ah! Este no es un preso como los demás, y su locura es menos entristecedora que la cordura del de al lado.
—¿Y cuál es su locura?