El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Villefort no podía creer lo que veían sus ojos; Villefort no podía creer a su propia razón. Se arrastró hacia el cuerpo de Édouard, le examinó una vez más, con la minuciosa atención que pone la leona observando a su cría muerta.

Después, un grito desgarrador se escapó de su pecho.

—¡Dios! —murmuró—. ¡Otra vez Dios!

Esas dos víctimas le llenaban de espanto, sentía que subía en él el horror de esa soledad poblada de cadáveres.

Hasta ahora se veía sostenido por la rabia, esa inmensa facultad de los hombres fuertes; por la desesperación, esa suprema virtud de la agonía, que empujaba a los Titanes a escalar el cielo, a Áyax mostrando el puño a los dioses.

Villefort inclinó la cabeza bajo el peso de tanto dolor, se incorporó, echó hacia atrás los cabellos húmedos de sudor, erizados de espanto, y este hombre, que nunca había sentido piedad por nadie, fue a buscar al anciano, su padre, para tener, en su debilidad, a alguien a quien contar su desgracia, alguien cercano para llorar.

Bajó la escalera que conocemos y entró en la estancia de Noirtier.


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