El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Ya sólo se trataba de pasar por encima del cadáver, entrar en el vestidor, coger al niño en sus brazos y huir con él, lejos, muy lejos.
Villefort ya no era ese hombre, cuya corrupción exquisita hacía de él un tipo de hombre civilizado; era un tigre herido de muerte que deja los dientes rotos en la última dentellada.
Ya no tenía miedo de los prejuicios, sino de los fantasmas. Cogió impulso y saltó por encima del cadáver, como si tratara de franquear una hoguera en llamas.
Cogió al niño en sus brazos, apretándole, moviéndole, llamándole; pero el niño no respondió. Pegó sus labios ávidos a sus mejillas: estaban lívidas y heladas; palpó sus miembros rígidos; apoyó la mano sobre el corazón del niño, el corazón ya no le latía.
El niño estaba muerto.
Un papel doblado cayó del pecho de Édouard.
Villefort, fulminado, se dejó caer de rodillas; se le resbaló el niño de los brazos y cayó rodando al lado de su madre.
Villefort recogió el papel, reconoció la grafía de su mujer y lo leyó con avidez.
Esto es lo que contenía:
¡Usted sabe si fui tan buena madre, que me convertí en criminal por mi hijo!
¡Una buena madre nunca se va sin su hijo!