El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Para llamar a Édouard, tenía que despertar el eco de ese aposento transformado en sepulcro; hablar era violar el silencio de la tumba.

Villefort sintió la lengua paralizada en la garganta.

—¡Édouard! ¡Édouard! —balbuceó.

El niño no respondía; ¿dónde estaba entonces el niño que, según los criados, había subido donde su madre y no había salido?

Villefort dio un paso hacia adelante.

El cadáver de la señora de Villefort estaba en el suelo, atravesado en la puerta del gabinete vestidor en el que necesariamente tenía que encontrarse Édouard; el cadáver de la madre parecía velar en el umbral, con los ojos fijos y abiertos, con una espantosa y misteriosa ironía en los labios.

Detrás del cadáver, el tapiz de la puerta levantado dejaba ver una parte del gabinete, un piano y, al fondo, un diván de satén azul.

Villefort dio tres o cuatro pasos hacia adelante, y sobre el canapé vio acostado al niño.

Sin duda, el niño estaba dormido.

El desgraciado padre tuvo un impulso de alegría indecible: un rayo de pura luz cruzó el infierno en el que se debatía.


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