El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Cuando Villefort entró, Noirtier parecía atento, escuchando, tan afectuosamente como su inmovilidad se lo permitía, al abate Busoni, tan tranquilo y tan frío como de costumbre.

Villefort, al ver al abate, se llevó la mano a la frente. El pasado se le hizo presente como una de esas olas cuya cólera levanta más espuma que las demás olas.

Recordó la visita que hizo al abate dos días después de la cena de Auteuil y de la visita que el mismo abate le hizo el día de la muerte de Valentine.

—¡Usted aquí, señor! —dijo—. ¿Pero usted sólo aparece para escoltar a la Muerte?

Busoni se incorporó; al ver el rostro alterado del magistrado, el brillo feroz de sus ojos, comprendió o creyó comprender que la escena de la audiencia había sido llevada a cabo; ignoraba el resto.

—¡Vine para rezar sobre el cuerpo de su hija! —respondió Busoni.

—Y hoy, ¿qué viene a hacer hoy?

—Vengo a decirle que usted me ha pagado ya suficientemente su deuda, y que a partir de este momento voy a rogar a Dios para que se conforme, como yo.

—¡Dios mío! —dijo Villefort reculando, con el espanto en la frente—. Esa voz, ¡esa voz no es la del abate Busoni!

—No.


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