El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Usted me condenó a una muerte lenta y espantosa, usted mató a mi padre, usted me quitó el amor y la libertad, y con el amor, toda la felicidad!
—¿Pero, quién es usted? ¿Quién es, entonces? ¡Dios mÃo!
—Soy el espectro de un desgraciado que usted enterró en los calabozos del castillo de If. A este espectro salido al fin de la tumba, Dios le puso la máscara del conde de Montecristo y le cubrió de diamantes y de oro para no ser reconocido hasta hoy.
—¡Ah! ¡Te reconozco! ¡Te reconozco! —dijo el fiscal—. Tú eres…
—¡Soy Edmond Dantès!
—¡Eres Edmond Dantès! —exclamó el fiscal cogiendo al conde por el brazo—. Entonces, ¡ven!
Y le arrastró por la escalera, por la que Montecristo, asombrado, le siguió, ignorando él mismo adónde le conducÃa el fiscal, y presintiendo alguna nueva catástrofe.
—¡Mira! Edmond Dantès —dijo, señalando el cadáver de su mujer y el cuerpo de su hijo—, ¡mira! Observa bien, ¿es suficiente tu venganza…?
Montecristo palideció al ver el espeluznante espectáculo; comprendió que acababa de sobrepasar el derecho a la venganza: comprendió que ya no podÃa decir: «Dios está a mi favor, y conmigo».