El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Con un sentimiento de angustia inefable se echó sobre el cuerpo del niño, le abrió los ojos, le palpó el pulso, y salió con él hacia la habitación de Valentine, que cerró con doble vuelta de llave…
—¡Mi hijo! —exclamó Villefort—. ¡Se lleva el cadáver de mi hijo! ¡Oh! ¡Maldición! ¡Maldito! ¡Ojalá mueras!
Y quiso ir tras Montecristo; pero, como en los sueños, sintió que le crecían raíces en los pies, que los ojos se le dilataban hasta salirse de sus órbitas, y los dedos, agarrotados sobre el pecho, se iban introduciendo en sus carnes hasta que la sangre enrojeció sus uñas; las venas de las sienes se hincharon de burbujas que hervían a borbotones, que fueron a levantar la bóveda más estrecha del cráneo y le ahogaron el cerebro en un diluvio de fuego.
Esta inmovilidad duró varios minutos, hasta que el espantoso vuelco de la razón se llevó a cabo.
Entonces, emitió un enorme grito seguido de una larga carcajada y se precipitó por las escaleras.
Un cuarto de hora después, la habitación de Valentine se volvió a abrir, y el conde de Montecristo salió.
Pálido, con la mirada apagada, el pecho oprimido y todos los rasgos de ese rostro, ordinariamente tan calmado y tan noble, desfigurados por el dolor.