El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Llevaba en sus brazos al niño, a quien ningún auxilio pudo devolverle la vida.
Puso una rodilla en tierra y lo depositó religiosamente junto a su madre, con la cabeza reposando sobre su pecho.
Después, poniéndose en pie, salió y, al ver a un criado en la escalera:
—¿Dónde está el señor de Villefort? —preguntó.
El sirviente, sin responderle, extendió la mano señalando el jardín.
Montecristo bajó la escalinata, avanzó hacia el lugar señalado, y vio, en medio de sus sirvientes que formaban un círculo a su alrededor, a Villefort, con una pala en la mano removiendo la tierra con una especie de rabia.
—Tampoco es aquí —decía—, tampoco es aquí.
Y seguía removiendo la tierra en otro sitio.
Montecristo se le acercó y, en voz baja:
—Señor —le dijo en un tono casi humilde—, usted ha perdido un hijo; pero…
Villefort le interrumpió; ni había oído ni había entendido.
—¡Oh! Le encontraré —dijo—; por mucho que usted diga que no está, lo encontraré, aunque tenga que seguir buscando hasta el día del juicio final.