El Conde de Montecristo

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Capítulo CXII

¡Adiós, París, Adiós!

Los sucesos que acababan de ocurrir preocupaban a todo París. Emmanuel y su mujer los comentaban con una natural sorpresa, en su saloncito de la calle de Meslay; veían cercanas esas tres catástrofes, tan repentinas como inesperadas, de Morcerf, de Danglars y de Villefort.

Maximilien, que había venido a visitarles, les escuchaba o más bien asistía a su conversación, sumido en su insensibilidad habitual.

—En realidad —decía Julie—, ¿podría decirse, Emmanuel, que todas esas personas tan ricas, tan felices ayer, hubieran olvidado, en el cálculo sobre el que establecían su fortuna, su felicidad y su consideración, hubieran olvidado esa parte del mal augurio, y que este, como las hadas malvadas de los cuentos de Perrault, a quienes se había olvidado invitar a alguna boda o a algún bautizo, apareciera de repente para vengarse de ese fatal olvido?

—¡Qué de desastres! —decía Emmanuel pensando en Morcerf y en Danglars.

—¡Qué de sufrimiento! —decía Julie, recordando a Valentine, a quien, por su instinto de mujer, no quería nombrar delante de su hermano.


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