El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo ¡Adiós, ParÃs, Adiós!
Los sucesos que acababan de ocurrir preocupaban a todo ParÃs. Emmanuel y su mujer los comentaban con una natural sorpresa, en su saloncito de la calle de Meslay; veÃan cercanas esas tres catástrofes, tan repentinas como inesperadas, de Morcerf, de Danglars y de Villefort.
Maximilien, que habÃa venido a visitarles, les escuchaba o más bien asistÃa a su conversación, sumido en su insensibilidad habitual.
—En realidad —decÃa Julie—, ¿podrÃa decirse, Emmanuel, que todas esas personas tan ricas, tan felices ayer, hubieran olvidado, en el cálculo sobre el que establecÃan su fortuna, su felicidad y su consideración, hubieran olvidado esa parte del mal augurio, y que este, como las hadas malvadas de los cuentos de Perrault, a quienes se habÃa olvidado invitar a alguna boda o a algún bautizo, apareciera de repente para vengarse de ese fatal olvido?
—¡Qué de desastres! —decÃa Emmanuel pensando en Morcerf y en Danglars.
—¡Qué de sufrimiento! —decÃa Julie, recordando a Valentine, a quien, por su instinto de mujer, no querÃa nombrar delante de su hermano.