El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Y, tras haber tocado la mano del conde con su temblorosa mano, Mercedes salió veloz hacia la escalera y desapareció de la vista del conde.

Montecristo, entonces, salió lentamente de la casa y retomó el camino del puerto.

Pero Mercedes no le vio alejarse, aunque estuviera en la ventana de la pequeña vivienda del padre de Dantès. Sus ojos buscaban a lo lejos el navío que se llevaba a su hijo hacia el vasto mar.

Pero es cierto que su voz, tal vez a su pesar, murmuraba en voz baja:

—¡Edmond, Edmond, Edmond!








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