El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo El perdón
Al día siguiente, Danglars tuvo hambre de nuevo; parecía que el ambiente de la caverna le abría el apetito; el prisionero pensó que, por ese día, no tendría que gastar más: como buen ecónomo había escondido la mitad del pollo y un trozo de pan en un rincón de la celda.
Pero en cuanto comió, tuvo sed: no había contado con ello.
Luchó contra la sed hasta el momento en el que sintió que su lengua reseca se le pegaba al paladar.
Entonces, no pudiendo resistir más el fuego que le devoraba, llamó.
El centinela abrió la puerta; era una cara nueva.
Pensó que más le valía hacer frente a un antiguo conocido. Llamó a Peppino.
—Aquí estoy, Excelencia —dijo el bandido, presentándose con tal premura que a Danglars le pareció un buen augurio—, ¿qué desea?
—Beber algo —dijo el prisionero.
—Excelencia —dijo Peppino—, usted sabe que el vino tiene un precio desorbitado en los alrededores de Roma.
—Entonces deme agua —dijo Danglars, intentando prevenir el golpe.
—¡Oh! Excelencia, el agua es aún más rara que el vino; ¡hay una sequía tan grande!