El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —A Dios.
Danglars se quedó un instante pensativo.
—No le entiendo —dijo.
—Es posible.
—¿Y es ese jefe quien le ha dicho que me trate as�
—SÃ.
—¿Con qué fin?
—No lo sé.
—Pero mi bolsa se agotará.
—Es probable.
—Veamos —dijo Danglars—, ¿quiere usted un millón?
—No.
—¿Dos millones?
—No.
—¿Tres millones…? ¿Cuatro? Veamos, cuatro. Se los doy a condición de que me deje marchar.
—¿Por qué nos ofrece cuatro millones por algo que vale cinco? —dijo Vampa—. Eso es usura, señor banquero, o yo no entiendo nada.
—¡Coja todo! ¡Coja todo, le digo! —exclamó Danglars— ¡Y máteme!
—Vamos, vamos, cálmese, Excelencia, se le va a excitar la sangre y eso le dará un apetito como para comerse un millón al dÃa; sea más ahorrativo, ¡pardiez!