El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Es fácil.
Un instante después, Luigi Vampa estaba delante de Danglars.
—¿QuerÃa verme? —preguntó al prisionero.
—¿Es usted, señor, el jefe de las personas que me trajeron aqu�
—SÃ, Excelencia.
—¿Qué rescate desea usted por m� Hable.
—Pues simplemente los cinco millones que usted lleva encima.
Danglars sintió un espantoso espasmo que le aplastaba el corazón.
—Es lo único que me queda en el mundo, señor, y es el resto de una inmensa fortuna; si me lo quita, quÃteme la vida.
—Nos han prohibido que derramemos su sangre, Excelencia.
—¿Y quién se lo ha prohibido?
—Pues el hombre a quien obedecemos.
—¿Usted obedece, entonces, a alguien?
—SÃ, a un jefe.
—CreÃa que el jefe era usted.
—Yo soy el jefe de estos hombres; pero hay otro hombre que es mi jefe.
—¿Y ese jefe obedece a alguien?
—SÃ.
—¿A quién?