El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Y cuando no me quede más dinero para pagarle! —exclamó Danglars exasperado.
—Entonces, pasará hambre.
—¿Pasaré hambre? —dijo Danglars palideciendo.
—Es probable —respondió flemáticamente Vampa.
—¿Pero, usted ha dicho que no quiere matarme?
—No.
—¿Y quiere dejarme morir de hambre?
—No es lo mismo.
—¡Y bien, miserables! —exclamó Danglars—. Yo desbarataré sus infames cálculos; si hay que morir, más me vale acabar cuanto antes; ¡hágame sufrir, tortúreme, máteme, pero no tendrán mi firma!
—Como le plazca, Excelencia —dijo Vampa.
Y salió de la celda.
Danglars se arrojó rugiendo sobre las pieles de chivo.
¿Quiénes eran esos hombres? ¿Quién era su invisible jefe? ¿Qué proyectos perseguÃan con él? Y si cualquier otro hombre podÃa ser rescatado, ¿por qué él no?
¡Oh! Ciertamente, la muerte, una muerte rápida y violenta era un buen modo de engañar a sus encarnizados enemigos, que parecÃan perseguirle con una incomprensible venganza.