El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo El número 34 y el número 27
Dantès pasó por todos los grados de la desdicha que sufren los presos olvidados en una cárcel.
Comenzó por el orgullo, que es consecuencia de la esperanza y la conciencia de la inocencia; después, llegó a dudar de su inocencia, lo que no justificaba mal las ideas del gobernador sobre la alienación mental; finalmente cayó desde lo alto de su orgullo, rogó, no todavía a Dios, sino a los hombres: Dios es el último recurso. El desgraciado, que debería comenzar por el Señor, no llega a esperar algo de Él sino después de haber agotado todas las demás esperanzas.
Dantès rogó, pues, que se dignaran sacarle de ese calabozo para llevarle a otro, aunque fuera más negro y más profundo. Un cambio, aunque fuese a peor, no dejaba de ser un cambio, y procuraría a Dantès una distracción por algunos días. Rogó que le acordasen el paseo, el aire, libros, instrumentos. Nada de todo esto le fue acordado; pero no importa, él seguía pidiendo. Se había acostumbrado a hablar a su nuevo guardián, aunque fuera aún más mudo, si eso fuera posible, que el antiguo; pero hablar a un hombre, incluso a un mudo, todavía era un placer. Dantès hablaba para oír el sonido de su propia voz: había intentado hablar cuando estaba solo, pero entonces se daba miedo a sí mismo.