El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Cuando estaba en libertad, a menudo había sentido espanto de esas celdas de prisioneros en las que se mezclan vagabundos, bandidos y asesinos, cuya innoble alegría pone en común orgías ininteligibles, amistades espantosas. Pues bien, llegó a desear que le arrojasen en uno de esos antros, con tal de ver otros rostros que no fueran el del carcelero impasible que no quería hablarle; ansiaba la condena a galeras, con su uniforme infamante, su cadena en el pie, sus hombros marchitos. Al menos los galeotes vivían con sus semejantes, respiraban el aire, veían el cielo; los galeotes sí que eran afortunados.

Un día suplicó al carcelero que pidiera para él un compañero, quienquiera que fuera, aunque tuviera que ser ese abate loco del que había oído hablar. Bajo la corteza de un carcelero, por muy ruda que sea, siempre queda un poco de humano. Este, a menudo, desde el fondo de su corazón, y aunque su rostro no lo delatase, había sentido pena del desgraciado joven, para quien resultaba tan dura la cautividad. Transmitió, pues, la petición del número 34 al gobernador; pero este, prudente como hombre de la política, se figuró que Dantès quería amotinar a los presos, tramar algún complot, servirse de un amigo para alguna tentativa de evasión, y se la denegó.



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