El Conde de Montecristo

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—Sí, sin duda, pero ahí tiene una cuya pared es la misma roca; harían falta diez años de trabajo de diez mineros provistos de toda clase de herramientas para traspasar la roca; esa otra debe estar adosada a los cimientos de los aposentos del gobernador; caeríamos en las bodegas que evidentemente cierran con llave, y nos cogerían; la otra cara da, espere un momento, ¿adónde da esa otra pared?

Esa pared era la que tenía una tronera a través de la cual entraba la luz; esa tronera, que se iba estrechando hasta la ranura por donde entraba la luz y por la que ni siquiera podría pasar un niño, estaba además provista de tres filas de barrotes de hierro que podían tranquilizar sobre el temor de una evasión al carcelero más puntilloso.

Y el recién llegado, al hacerse esa pregunta, arrastró la mesa hasta debajo del ventanuco.

—Súbase a la mesa —dijo a Dantès.

Dantès obedeció, se subió a la mesa y, adivinando las intenciones de su compañero, apoyó la espalda en la pared y le dio las manos.


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