El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo El preso que se hacÃa llamar por el número de su celda, y cuyo verdadero nombre Dantès ignoraba, subió entonces más ágilmente de lo que su edad pudiera presagiar, con una habilidad de gato o de lagartija; después, de las manos de Dantès pasó a los hombros; curvado asà en dos, pues la bóveda del calabozo le impedÃa incorporarse, llevó la cabeza hasta la primera fila de rejas y pudo mirar entonces de arriba abajo.
Un instante después, se retiró con rapidez.
—¡Oh!, ¡oh! —dijo—. Me lo temÃa.
Y se dejó deslizar a lo largo del cuerpo de Dantès hasta la mesa y de la mesa saltó al suelo.
—¿Qué es lo que se temÃa? —preguntó el joven ansioso, saltando a su vez de la mesa.
El anciano meditaba.
—Sà —dijo—, eso es; la cuarta pared de este calabozo da a una galerÃa exterior, una especie de camino de ronda donde pasan las patrullas y donde vigilan centinelas.
—¿Está usted seguro?
—He visto el chacó del soldado y la punta de su fusil, y me he apartado rápidamente por temor a que incluso me viera a mÃ.
—¿Y bien? —dijo Dantès.
—Pues ya ve que es imposible huir desde su calabozo.