El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¿Y entonces? —continuó el joven en tono interrogativo.
—Entonces —dijo el más viejo—, ¡que sea la voluntad de Dios!
Y un velo de profunda resignación se extendió por los rasgos del anciano.
Dantès miró a este hombre con un asombro mezclado de admiración, a este hombre que renunciaba asà y con tanta filosofÃa a una esperanza alimentada desde hacÃa tanto tiempo.
—Ahora, ¿querrá usted decirme quién es usted? —preguntó Dantès.
—¡Oh! Dios mÃo, sÃ, si eso puede aún interesarle, ahora ya no puedo servirle para nada.
—Puede servirme para consolarme y apoyarme, pues me parece usted el más fuerte de todos los fuertes.
El abate sonrió tristemente.