El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Pues bien, esperaremos ocho dÃas, un mes, dos meses, si es necesario; mientras tanto, recuperará las fuerzas; todo está preparado para nuestra huida, y tenemos la libertad de escoger la hora y el momento. El dÃa en que se sienta con fuerzas para nadar, pues bien, ese dÃa llevaremos a cabo nuestro proyecto.
—Ya no volveré a nadar —dijo Faria—, tengo el brazo paralizado, no por un dÃa, sino para siempre. Levántelo usted mismo y vea cómo pesa.
El joven le levantó el brazo, que volvió a caer insensible. Suspiró.
—Ahora está convencido, ¿no es asÃ, Edmond? —dijo Faria—. Créame que sé lo que me digo, desde el primer ataque de este mal, no he dejado de reflexionar. Me lo esperaba, pues es una herencia de familia; mi padre murió en la tercera crisis, mi abuelo, también. El médico que me compuso este licor, y que no es otro que Cabanis, me predijo la misma suerte.
—El médico se equivoca —exclamó Dantès—; en cuanto a la parálisis, no me preocupa, le pondré sobre mis hombros y nadaré sujetándole.