El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Muchacho —dijo el abate—, usted es marino, es nadador, y en consecuencia debe saber que un hombre cargando con un fardo así no haría ni cincuenta brazadas en el mar. Deje de engañarse con quimeras que ni siquiera engañan a su excelente corazón; me quedaré aquí hasta que suene la hora de mi liberación, que ya no puede ser otra más que la hora de mi muerte. En cuanto a usted, ¡huya!, ¡váyase! Usted es joven, hábil y fuerte, no se preocupe por mí, le devuelvo su palabra.

—Está bien —dijo Dantès—. Entonces, yo también me quedo.

Después, levantándose y extendiendo una mano solemnemente sobre el anciano:

—¡Por la sangre de Cristo, juro no abandonarle sino con la muerte!

Faria observó a este joven tan noble, tan sencillo, tan digno y leyó en sus rasgos, animados por la expresión de la entrega más pura, la sinceridad de su afecto y la lealtad de su juramento.

—Vamos —dijo el enfermo—, lo acepto, gracias.

Después, tendiéndole la mano:


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