El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —He guardado tanto tiempo este secreto ante usted, primero para probarle —continuó Faria—, después para sorprenderle; si nos hubiesemos evadido antes de mi ataque de catalepsia, yo mismo le llevarÃa a Montecristo; ahora —añadió con un suspiro—, es usted quien me llevará. Y bien, Dantès, ¿no me da las gracias?
—Ese tesoro le pertenece a usted, amigo mÃo —dijo Dantès—, le pertenece por entero a usted, yo no tengo ningún derecho; no soy ni siquiera su pariente.
—¡Usted es mi hijo, Dantès! —exclamó el anciano—. Usted es el hijo de mi cautiverio; mi estado me condenaba al celibato: Dios me lo ha enviado para consolar al hombre, que no podÃa ser padre, y a la vez al prisionero, que no podÃa ser libre.
Y Faria tendió el brazo que le quedaba al joven que se le echó al cuello llorando.