El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Vamos, Mercedes —decÃa el joven—, pronto va a ser Pascua, es el momento de celebrar la boda, ¡respóndame!
—¡Ya le he respondido cien veces, Fernand, y parece que es usted un enemigo de sà mismo, volviendo a preguntarme de nuevo!
—Pues bien, repÃtamelo otra vez, se lo ruego, repÃtamelo de nuevo para que yo pueda creerlo. DÃgame por centésima vez que usted rechaza mi amor que su madre de usted aprobaba; hágame comprender bien que usted hace caso omiso de mi felicidad, que mi vida y mi muerte no significan nada para usted. ¡Ah!, ¡Dios mÃo, Dios mÃo! ¡Haber soñado durante diez años con ser su esposo, Mercedes, y perder esa esperanza que era la única meta de mi vida!
—No soy yo al menos quien haya avivado alguna vez esa esperanza, Fernand —respondió Mercedes—; no tiene usted que reprocharme ni una sola coqueterÃa. Yo siempre le dije: «le quiero como a un hermano, y no exija nunca de mà otra cosa que esta amistad fraterna, pues mi corazón pertenece a otro». ¿No le dije siempre eso, Fernand?
—SÃ, bien lo sé, Mercedes —respondió el joven—; sÃ, respecto a mà se ha dado usted el cruel mérito de la franqueza; ¿pero, olvida usted que entre los catalanes es una ley sagrada el casarse entre ellos?