El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —No, se equivoca usted, Fernand, no es una ley, es una costumbre, eso es todo; y créame, no invoque esa costumbre en su favor. Está usted reclutado, Fernand; la libertad que le dejan es simple tolerancia; de un momento a otro será llamado al servicio militar. Una vez que sea soldado, ¿qué harÃa usted conmigo, es decir, con una pobre huérfana, triste, sin fortuna, que por todo bien posee una cabaña casi en ruinas, en la que cuelgan unas redes gastadas, miserable herencia que mi padre dejó a mi madre y mi madre a mÃ? Desde que murió hace un año, piense, Fernand, que vivo casi de la caridad pública. Algunas veces finge usted que le soy útil, y todo por tener el derecho de compartir su pescado conmigo; y yo lo acepto, Fernand, porque es usted el hijo de un hermano de mi padre, porque nos criaron juntos y más aún porque, por encima de todo, le causarÃa demasiada pena si yo lo rechazase. Pero bien sé que ese pescado que voy a vender y del que saco dinero para comprar el cáñamo para tejer, bien sé, Fernand, que es una obra de caridad.
—¡Y qué importa, Mercedes, por muy pobre y sola que esté usted, me conviene más que la hija del más orgulloso armador o del más rico banquero de Marsella! Y a nosotros, ¿qué nos hace falta? Una mujer honrada y una buena ama de casa. ¿Dónde iba a encontrar yo a nadie mejor que a usted bajo esos dos conceptos?