El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Fernand —respondió Mercedes moviendo la cabeza—, una se vuelve mala ama de casa y no se puede responder de seguir siendo una mujer honrada cuando se ama a otro hombre y no a su marido. Confórmese usted con mi amistad, pues, se lo repito, es todo lo que puedo prometer, y sólo prometo aquello que estoy segura de poder dar.
—SÃ, comprendo —dijo Fernand—; usted soporta pacientemente su miseria pero tiene miedo de la mÃa. Y bien, Mercedes, si usted me quisiera, yo me irÃa a hacer fortuna; usted me aportarÃa suerte y yo volverÃa rico; puedo ir más allá de mi condición de pescador; puedo entrar como empleado en una tienda; ¡puedo incluso llegar a ser comerciante!
—Usted no puede hacer nada de eso, Fernand, usted es soldado. Y si aún está en Les Catalans, es porque no hay guerra. Siga, pues, siendo pescador; no tenga sueños que hacen a la realidad más terrible aún, y conténtese con mi amistad, puesto que yo no puedo darle otra cosa.
—Y bien, tiene usted razón, Mercedes, seré marino; tendré, en lugar del atuendo de nuestros padres, que usted desprecia, tendré un sombrero de charol, una camisa de rayas y una chaqueta con anclas en los botones. ¿No es asà como hay que ir vestido para gustarle a usted?