El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Pero Dantès estaba lejos de sentirse tan entusiasta, y sobre todo tan confiado como el anciano. Ciertamente que ahora estaba bastante seguro de que Faria no estaba loco, y la manera en la que había llegado al descubrimiento de lo que había sido la causa de que le creyeran loco doblaba su admiración por él; pero, sin embargo, él no podía creer que este tesoro, aún suponiendo que hubiera existido, existiese aún, y si ya no veía el tesoro como algo quimérico, sí al menos lo veía como algo ausente.
Sin embargo, como si el destino hubiera querido arrebatar a los prisioneros su última esperanza, y hacerles comprender que estaban condenados a cadena perpetua, les sobrevino una nueva desgracia: la galería que daba al mar, que desde hacía tiempo amenazaba ruina, había sido reconstruida; habían reparado los cimientos y taponado con enormes bloques de roca el agujero que ya casi había rellenado Dantès. Sin esa precaución, que le había sugerido, como recordamos, el abate, su desgracia hubiera sido mayor, pues se hubiera descubierto la tentativa de fuga, e indudablemente los hubieran separado; así pues, una nueva puerta, más fuerte, más inexorable que las otras, se había cerrado ante ellos.