El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Mientras tanto, las horas pasaban, si no rápidas, sÃ, al menos, soportables. Faria, como hemos dicho, sin haber recuperado el movimiento de la mano y del pie, habÃa vuelto a conquistar toda la claridad de su inteligencia, y poco a poco, además de los conocimientos morales que hemos detallado, habÃa ido enseñando a su compañero ese oficio paciente y sublime del prisionero, que siempre sabe sacar algo de nada. Estaban, pues, constantemente ocupados, Faria por temor a verse envejecer, Dantès, por temor a recordar su pasado casi extinto, y que ya no flotaba en lo más profundo de su memoria sino como una luz lejana perdida en la noche; todo marchaba como en esas existencias en las que la desgracia no ha hecho mella alguna, y que transcurren maquinales y tranquilas bajo la mirada de la Providencia.
Pero bajo esa superficial calma, habÃa en el corazón del joven, y quizá también en el del anciano, muchos impulsos retenidos, muchos suspiros ahogados que salÃan a la luz cuando Faria se quedaba solo y cuando Edmond regresaba a su celda.
Una noche, Edmond se despertó sobresaltado creyendo que le llamaban.
Abrió los ojos e intentó ahondar en el espesor de la oscuridad.
Su nombre, o más bien una quejumbrosa voz que intentaba articular su nombre, llegó hasta él.