El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Se levantó de la cama, con el sudor de la angustia en la frente, y escuchó. No había duda, la queja venía del calabozo de su compañero.

—¡Oh, gran Dios! —murmuró Dantès—. ¿Será…?

Desplazó el camastro, sacó la piedra, se lanzó a través del pasadizo y llegó al extremo opuesto; la losa estaba levantada.

Al resplandor de esa lámpara informe y vacilante de la que hemos hablado, Edmond vio al anciano pálido, aún de pie y sujetándose a las maderas de su cama. Sus rasgos estaban deformados por los horribles síntomas que él ya conocía, y que tanto le habían espantado cuando los vio por primera vez.

—Y bien, amigo mío —dijo Faria resignado—, ¿lo comprende, no? ¡No necesito explicarle nada!

Edmond dio un grito lleno de dolor, y perdiendo totalmente la cabeza se fue hacia la puerta gritando:

—¡Socorro! ¡Socorro!

Faria tuvo aún fuerzas para sujetarle por el brazo.


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